Resignificando mi historia negra

Resignificando mi historia negra

Por: Miss Balanta

Tengo  37 años y continúo en la búsqueda de respuestas para afianzar mi identidad como mujer negra. La vida me ha puesto en los lugares correctos, pero no siempre he tomado las mejores decisiones. Vivir preguntándome de dónde vengo agota, y yo, al igual que muchas personas negras, vivo comprometida con la misión de recrear nuestro pasado para poder entender nuestro presente.

Y soy necia, porque para muchas personas no es de mayor  importancia traer al presente ese pasado tan doloroso de los africanos que llegaron a ser esclavizados en la época de la colonia. Y no voy a negar que me pregunto, ¿vale la pena seguir indagando sobre estos temas? ¿Qué es en realidad lo que estoy buscando con esto? Porque al final es muy poco lo que puedo remediar. Sí, lo que pasó, pasó, eso es verdad, pero ¡madre mía! 200 años después de la abolición de la esclavitud en Colombia seguimos esclavos de nuestros pensamiento por la desinformación, por la falta de educación.

De una cosa estoy absolutamente segura, y es algo que jamás me cansaré de decir, el Estado colombiano, y muchos países en el mundo, tienen una deuda histórica con las comunidades negras, no solo por la barbarie llamada esclavitud, sino por no contar la historia de las comunidades negras desde otra óptica distinta a la del odio, la segregación y el racismo. ¿Por qué no desde la sabiduría, la cultura, la ancestralidad? Vuelvo y digo: la historia negra no empieza con el esclavitud.

Yo les pregunto, alguna vez se han cuestionado ¿cómo era la vida de los africanos que fueron raptados de África para ser esclavizados en América? ¿No les genera curiosidad saber qué fue lo que pasó antes? A mi sí, y me he encontrado con respuestas dolorosas que me han hecho llorar y resquebrajar mi identidad,  por eso me cuesta ubicarme en un mapa y encontrar un punto de partida. 

Nací y me crie en Cali, ciudad ubicada en el suroccidente de Colombia. Crecí a 30 grados centígrados y con la brisa de los farallones acariciando mis mejillas al final del día. Mi madre es caucana, de Puerto Tejada, y mi padre valluno, de Palmira. Doris y Edgar, ¡tanto que agradecerles a ellos! Mis abuelos maternos son de Guachené, ese pueblo chiquitito y golpeado por la violencia que se hizo popular porque el crack Jerry Mina nació de allí. Mis abuelos paternos son campesinos, quienes tuvieron que vivir los momentos más duros de la segregación y parte de la esclavitud, lograron escapar de la opresión y encontrar un mejor destino en Puerto Tejada, lugar de donde mi abuela decidió irse para encontrar un futuro para sus hijos en Cali.

Mi abuelo paterno era del Naya, un espacio abandonado por el Estado y donde la violencia se ha tatuado en el alma de las personas que lo habitan. Mi abuela era una mujer blanca mestiza paisa de Obano, ubicada en el Norte del Valle. Yo todavía me pregunto cómo puede sostenerse su amor y tener hijos que son la clara muestra del mestizaje. La historia de mi familia seguro no es muy diferente de familias negras que tuvieron que migrar o fueron desplazados por la violencia, lo que cambia el camino que va marcando cada generación.

Por ejemplo, a nosotros la historia nos cambió cuando mis padres llegaron a Cali. Su abanico de oportunidades se abrió, mi madre, quien fue profesora durante casi 5 décadas, logró hacer hasta una maestría; mi padre siempre fue comerciante independiente. Ambos tuvieron unas oportunidades que no dejaron pasar, pero también se encontraron con muchas dificultades que hicieron que su camino no fuera fácil.

Sin embargo, lograron su objetivo: mejorar las condiciones de vida de la siguiente generación de la familia, mis hermanxs y yo. Recuerdo que vivimos en varios lugares antes de llegar a la que sería nuestra primera casa propia. ¡Qué orgullo más grande de mis padres al llegar a esa casa que la veíamos tan grande, tan bonita! Yo tenía 8 años entonces, y aunque tengo recuerdos muy bellos de los 10 años que viví allí, también tengo memorias que me hacen pensar qué tanto pudo afectar mi psique vivir en medio de tanta violencia durante esos años. 

El Poblado II

Nunca hablo de ti, barrio querido, pero creo que es momento de hacerlo. Llegamos a vivir allí a finales de los 90`s, no fuimos fundadores del barrio, pero cuando arribamos estaba en pleno “desarrollo”. Recuerdo que entre todos los vecinos pavimentaron la calle y el día de la inauguración hicieron un reinado en el que participé. No gané, pero canté mi canción favorita: Polvos pica, pica. A mi hermana casi le da un infarto cuando me escuchó cantar la estrofa “sufre mamón, devuélveme a mi chica o te retorcerás entre polvo pica pica”.

El Pablado II era un barrio mayoritariamente negro, yo crecí entre negros, me eduqué entre negros, para mi la negritud era la normalidad. Fueron años en los que vivimos en medio de la “limpieza social” en la que jóvenes negros morían todos los días y nadie hablaba de eso, a nadie le importaba. Nosotros éramos los hijos de la profesora Doris, así que nos sentimos diferentes, porque los hijos de ´la profe ́, como le decían a mi mamá, no querían jugar  a los malos, ni a la mamá y al papá y terminar con un embarazo juvenil o peor muerto por querer jugar con armas que no solo pesan en las manos, sino también en el corazón de los padres que no saben qué hacer con sus hijos cuando se van por el “mal camino”.

Cuando empezamos el bachillerato, mi mamá y mi papá decidieron que mis hermanos y yo  estudiaríamos lejos del barrio para cambiar el ambiente. Aunque yo me gradué en 1999 de La Campiña,  un colegio de validación, haber estudiado desde sexto hasta noveno de bachillerato en Escuela Normal Para Varones marcó mi vida. En ese colegio, a mis escasos 12 a años, me encontré de frente con el rechazo en todos los sentidos: por ser alta, muy delgada, indisciplinada y, por supuesto, por ser  negra. ¡Ay, qué recuerdos más ingratos en ese colegio!

Cuando escucho a mis amigos sobre lo bien que la pasaron en esa época, yo siempre intento escudriñar en mis recuerdos y encontrar algo de felicidad, pero siempre me topo con situaciones que quiero borrar de mi memoria. A veces, también, me esfuerzo por revivirlas para visibilizar el racismo estructural en las instituciones educativas. El colegio puede ser un resguardo, pero también un espacio dañino para tantos niños y niñas que no saben cómo lidiar con el matoneo o el acoso. 

Cuando cumplí 14 mi mamá, con esas ganas insaciables de sacarnos de ese entorno de violencia, me invitó a seguir los pasos de una de mis hermanas, Julieth, quien es 6 años mayor que yo: el modelaje. ¿Le agradezco? Sí,  ¿Cuánto me costó? Mucho. Pagué un costo muy alto del cual disfruté y logré todo lo que me propuse, pero no supe lo que era vivir una adolescencia plena. Siempre estuve agitada y tuve poco tiempo para novios, terminar el colegio sin tanto apuro, ser una adolecente como cualquier otra. Al final puede ser que la vida me tenía destinada a salirme del molde que nos ofrece la sociedad. 

Mi forma de ser y mi personalidad me salvaron de las garras del monstruo que se esconde detrás del modelaje. Esto era en 1998, la narco guerra estaba en su apogeo y, por supuesto, las modelos eran carne de cañón para los “patrones”. Cuando empecé a modelar me enfrenté no solo al racismo, sino también el elitismo, el clasismo. Después de los desfiles a mis colegas las recogían en carros lujosos y yo tenía que caminar normalmente hasta la parada del bus.

Ellas no podían creer que yo fuera a coger bus sola a esa horas de la noche, pero para mí coger un taxi era impensable.  La gran mayoría de veces, por no decir casi siempre, yo era la única niña negra que miraban con curiosidad y a la que le hacían esas preguntas que tanto daño me causaron: ¿cuál es tu apellido? ¿En qué colegio estudias? ¿Dónde vas a estudiar la universidad? Mis respuestas eran honestas, con un tono ingenuo. Cuando respondía mis apellidos son Castillo Balanta, me contra preguntaban con sonrisas macabras “de los Castilllo de donde”? Y yo no entendía el trasfondo de esas preguntas.

Me tomó mucho tiempo entender que a las personas las clasificaban según su apellido, o de qué colegio se graduaban. Esta era la forma fácil de saber tu estatus social.  A medida que me hacía mayor en ese medio del modelaje entendía más que yo estaba allí por mérito, porque mi imagen encajaba perfecto para lo que el mercado estaba buscando, y eso ayudaba a borrar el dolor que causó haber sido tan atropellada emocionalmente en el colegio.

Me empoderé y empecé a entender que ser alta, muy delgada, pero, sobre todo, negra eran mis herramientas hacia el éxito. Sin saberlo empecé a empoderarse como mujer negra desde los 14 años, momento en que los episodios racistas me importaban y mucho, pero ya no me lastimaban de la misma forma. Empecé a sentir que no era algo solo hacia mi, sino hacia toda mi comunidad, y en ese sentimiento nació la mujer soy ahora, que le apuesta a transformar las narrativas de las comunidades negras. 

Tengo que aceptar que desde que tengo memoria he estado en posición de privilegio. En mi barrio, por ejemplo, ser la hija de la profesora me hacía privilegiada. Entender desde muy joven que ser negra era mi herramienta más importante para poder cambiar mi historia, también me hace privilegiada, porque no le he dejado ganar a los prejuicios establecidos por una sociedad que se ha empeñado en marcar que existen razas superiores y razas inferiores.

Hoy podría escribir muchas experiencias lindas que me han pasado gracias a ser una mujer negra. Acá hice mi historia de vida corta, porque en 37 años he vivido en seis países diferentes y he tenido que experimentar con mi negritud no solo con otras culturas, sino también en otros idiomas.

Llevo 18 años de relación con Christian Visnes, un noruego que llegó Colombia a trabajar con comunidades negras en el 2000 y que me ha hecho sentir muy orgullosa de mis orígenes. Tengo dos hijos blancos mestizos con los que tengo la misión más importante de mi vida: enseñarles a querer y a respetar a los demás, pero, sobre todas las cosas, a ellos mismos. Yo a ellos sí que les quiero contar las historia como es, sin victimizar, pero con la verdad, desde mi experiencia, con apoyo de la literatura, exponiéndolos a entornos diversos, pero, sobre todo, demostrándoles que los límites están en nuestra mente.

Te invito a ti, que estás leyendo este texto, a auto-reconocer tus fortalezas y ver tus debilidades como una oportunidad al cambio. Gracias por leer. Leer no te hace un sabio, pero sí menos ignorante.

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